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Envejecer con discapacidad: vivir más sin dejar de decidir

Por Marialita Catalina Ramírez Preciado
Doctora en Salud Pública
Integrante de la Red de Investigadores en Discapacidad – REINDIS (PERÚ).
Código: REINDIS-PA- 2026-I-0073

 

Envejecer constituye una expresión natural del curso de la vida y, al mismo tiempo, uno de los grandes logros de nuestras sociedades. Sin embargo, vivir más años plantea una interrogante que trasciende las cifras de longevidad: ¿estamos generando las condiciones para que esos años puedan vivirse con dignidad, autonomía y participación, también cuando existe una discapacidad?

 

La pregunta adquiere especial relevancia frente al acelerado envejecimiento poblacional. La Organización Mundial de la Salud estima que, para 2030, una de cada seis personas en el mundo tendrá 60 años o más y que, hacia 2050, esta población alcanzará los 2 100 millones. En el Perú, los Censos Nacionales 2025 muestran una realidad que merece particular atención: el 20,5 % de las personas de 60 años o más presenta alguna discapacidad.

Envejecer con discapacidad: una realidad que interpela

Estas cifras no deberían interpretarse únicamente como indicadores de una mayor demanda futura de servicios sanitarios o de cuidados. Hacerlo supondría reducir el envejecimiento y la discapacidad a una mirada centrada en el déficit, la enfermedad o la dependencia. Envejecer, vivir con una discapacidad y encontrarse en situación de dependencia no son condiciones equivalentes.

 

La discapacidad puede coexistir con autonomía, participación social, vínculos significativos y proyecto de vida. Las posibilidades de ejercerlos, sin embargo, también están determinadas por las condiciones del entorno. La OMS reconoce que los ambientes físicos y sociales influyen en las oportunidades, decisiones, comportamientos y capacidades de las personas a medida que envejecen.

 

En nuestro país, el 43 % de las personas con alguna discapacidad son adultas mayores; entre las mujeres con discapacidad, esta proporción alcanza el 50,7 %. Detrás de estos porcentajes existen personas con trayectorias, capacidades y expectativas diversas. El desafío no consiste solo en responder a sus necesidades de cuidado, sino en garantizar el ejercicio de sus derechos y su participación en las decisiones sobre su propia vida.

Dignidad y autonomía: cuidar sin sustituir la voz

La dignidad humana no disminuye con los años ni está condicionada por el nivel de funcionalidad. Desde una perspectiva ética y bioética, reconocerlo exige revisar incluso aquellas prácticas que, bajo una intención protectora, pueden terminar restringiendo la autonomía de las personas adultas mayores con discapacidad.

 

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce como principios fundamentales la dignidad inherente, la autonomía individual —incluida la libertad de tomar las propias decisiones—, la independencia, la participación y la inclusión plena y efectiva en la sociedad. Desde esta perspectiva, una afirmación resulta fundamental: necesitar apoyo no significa perder el derecho a decidir.

 

Esta premisa adquiere particular importancia en la familia y en los servicios de salud. Cuidar éticamente trasciende la intención de evitar el daño o procurar bienestar; implica escuchar, proporcionar información comprensible y accesible, respetar preferencias y reconocer a la persona como sujeto moral y protagonista de su propia existencia. El apoyo alcanza así su verdadero valor cuando fortalece capacidades y autonomía, en lugar de sustituir innecesariamente la voluntad.

 

Quizá una de las expresiones más profundas del respeto consista, entonces, en sustituir la pregunta “¿qué debemos decidir por esta persona?” por otra, ética y humanamente más exigente: “¿qué apoyos necesita para continuar decidiendo sobre su propia vida?”

De la protección a la inclusión: el desafío de una sociedad que envejece

Una sociedad preparada para envejecer no puede limitar su respuesta a la ampliación de servicios asistenciales. Requiere entornos accesibles, redes familiares y comunitarias fortalecidas, atención sanitaria centrada en la persona y oportunidades reales de participación. Supone también cuestionar los estereotipos que vinculan automáticamente el envejecimiento y la discapacidad con incapacidad, pasividad o dependencia.

 

El reto implica avanzar desde una lógica exclusivamente protectora hacia una ética del cuidado, la inclusión y el reconocimiento. Las personas adultas mayores con discapacidad no son únicamente receptoras de asistencia; son personas con historia, experiencia, vínculos, preferencias, responsabilidades y aspiraciones, cuya contribución a sus familias y comunidades no concluye con la edad ni con la aparición de una discapacidad.

 

Conmemorar el Día del Adulto Mayor constituye, por ello, una oportunidad para mirar más allá de los años vividos y preguntarnos por las condiciones en que hacemos posible vivirlos. Una sociedad verdaderamente inclusiva no se define únicamente por cuánto protege a quienes envejecen con discapacidad, sino por su capacidad para reconocer su dignidad, escuchar su voz, sostener su autonomía y garantizar su derecho a continuar participando y decidiendo.

Referencias bibliográficas

 

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